Reconstruyendo sueños por Donibane

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Me he tenido que reconstruir muchas veces. Unas diecisiete o incluso puede que más.

Todo empezó siendo muy pequeño. A mis padres les daba por cambiar mucho de casa y eso no hubiera sido un gran problema si no hubieran también pensado en cambiar de continente. Bilbao, Caracas, Bakio, Caracas, Bilbao, Bakio, Caracas, Bilbao, Florida, Bilbao, Algorta, Bilbao …

Ser un niño y tener que estar continuamente cambiando de casa, de colegio, de amigos, de tipo de clima, del acento con el que hablas, etc. me ayudo a fijar las bases de lo que supone tener que reconstruirse.

Lo primero es pensar que eso es algo bueno y no tiene nada de malo. Te hace ser más abierto de mente, ayuda también a valorar cosas que de otra forma no lo harías tanto, conoces otras culturas, personas diferentes a ti y un sin fin de más cosas positivas.

Y en lo negativo, seguramente el que vas dejando muchos amigos en tu camino.

Pero volveré a un pasado más cercano, exactamente al de hace cinco años donde me encontré con la necesidad de volver a reconstruirme. Las causas de esta necesidad eran diferentes a las anteriores, ya que se trataba de un viaje interno con sabor dulce y amargo.

Cuando vuelves a vivir a casa de tus padres pasados los cuarenta años se puede pensar que es una oportunidad única de volver a estar con las personas que más quieres en el mundo o por el contrario como algo negativo y más dadas las circunstancias que provocaban esa necesidad. La palabra fracaso ronda por tu mente continuamente.

Decidí que fuera algo positivo, dejarme querer y disfrutar de estar con ellos y de su compañía.

Se, por experiencia, que las historias de reconstrucción siempre tienen además varias historias análogas que finalmente convergen en un punto.

Y una de las mías tiene el nombre de Torre Iberdrola. En esa etapa de mi vida mis viajes diarios desde Deusto a la oficina donde trabaja en Bilbao (Plaza Moyua) me hacían tener que pasar día tras día por el lugar donde se iba a ubicar la flamante nueva torre.

Al principio eran solo unos cimientos, seguramente y debido a los lodos (la ria está muy cerca) tuvieron que hacerlos muy profundos y observaba lo que hacían viendo un paralelismo con el momento de mi vida.

Para reconstruirse primero tenía que tener unas buenas y sólidas bases, unas herramientas que te ayuden a cimentar bien tu vida, que tenga un buen apoyo, que no ocurra que luego se nos caiga todo encima.

Según iba pasando por allí viendo como crecía aquella magnífica torre me fijaba mucho en lo que hacían. En sus primeras fases trabajaban la parte del esqueleto, la parte de hacerte desde dentro, de estar bien repartido, con los pesos justos y sabiendo que puedes soportar. No había nada bonito en ella, pero detalles como el ascensor externo a la torre por donde subían material y empleados parecía ya algo increiblemente hermoso. Es por eso que lo importante son los ojos con los que miramos las cosas. Uno puede encontrar belleza en cosas donde otros solo verían una torre en construcción.

Y mi vida iba igual que aquella torre. Poco a poco me iba volviendo a construir, primero desde dentro para más tarde ir poniendo lo de fuera. Poco a poco pero sin pausa.

Al acabar la torre y después de meses viendo como se construía pensé que también había acabado yo mi propia torre. Me sentía ya muy bien, ya no vivía en casa con mis padres, aunque de verdad fue una maravilla el tiempo que pase con ellos.

Y sorpresas de la vida
Se organizó un concurso de fotografía de la torre y aunque al principio no pensé en participar ya que sabía de lo complicado que es ganar un concurso de estas características al final y animado por mis amigos lo hice.

La tenía bien estudiada, la había visto desde incluso antes de nacer. Sabía que mis fotografías (presenté un total de treinta y cinco) no iban a ser las más espectaculares ya que hay fotógrafos buenísimo pero si sabía que yo las iba a hacer desde el corazón. Finalmente se presentaron un total de cinco mil fotografías, y doy fe que había muchas increíbles.

Y paso el tiempo y yo me fui olvidando del tema suponiendo que no iba a ganar y al de tres meses me llamaron desde la organización para decirme que si que había ganado y además el premio era un viaje al lugar donde la Torre le hubiera gustado ir en caso de poder moverse, que es a Nueva York.

Me sorprendió que eligieran la que llevaba por título “Al final del camino la encontraré”, que era una fotografía de las que denomino de punto de fuga, donde todo converge en un lugar exacto. Pero detrás de aquella fotografía había una historia, un viaje, una reconstrucción y el jurado supo apreciarlo.

http://www.iberdrola.es/reputacion-sostenibilidad/principales-iniciativas-indices/iniciativas/entorno-social/torre-iberdrola/km0-energias-limpias/

Tuve además la ocasión de recibir el premio en sus entrañas, en un acto que me lleno de felicidad. Pude visitar varias plantas e ir a la azotea donde observe todo el Bilbao Metropolitao.

El círculo se había cerrado.

O quizás aún no, la vida da muchas vueltas y desde hace un tiempo tengo la sensación que acabaré trabajando en ella 😉

Gracias por leerme.

Enlace a la fotografía ganadora del Premio Iberdrola

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